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noviembre 22, 2011

Compartir es un derecho, pero ¿pagarías por servicios como Taringa o Cuevana?

(cc) flickr perrenque
Hoy temprano en Argentina amanecimos con #FuerzaCuevana como el tema más hablado en la red social Twitter, luego de que durante la madrugada del domingo, el sitio de películas y series online más popular de Latinoamérica sufriera un supuesto ataque de hackers que lo dejaron fuera de línea durante varias horas.
En coincidencia con ese “ataque”, al volver a la normalidad, Cuevana mostraba una nueva y limpia interfaz, con nuevas funciones y una imagen pública a la altura de un prócer de nuestra región. ¿Estrategia de prensa aprovechada al máximo en el momento en que todos hablamos de Cuevana o sólo una renovación adelantada luego del temor producido por el ataque a su servicio? El anuncio de la renovación del sitio se había realizado mucho antes que se difundiera la denuncia que sufren desde la semana pasada.
Desde hace varios meses, cuando comenzaron las denuncias contra Taringa! por violación de la Ley 11.723 y durante toda la semana pasada a causa de la noticia de la supuesta denuncia penal contra Cuevana por parte de Telefé, uno de los dos canales de televisión abierta más importante de Argentina, las aguas se dividieron, los frentes quedaron delimitados y los antagonistas se unieron por una misma causa: Salvar a Cuevana y a Taringa.
Pero primero y antes de meternos de lleno en el debate, intentemos resumir un poco de que se trata esta disputa y cuál podría ser la alternativa de cambio posible, la cual desde ya que sin el esfuerzo de todas las partes estaría lejos de conseguirse.
La era pre Cuevana
La explosión de consumo de medios audiovisuales comenzó en la década de los ’50 con la masificación de la televisión y los reproductores de audio hogareños, algo que permitió que las masas pudieran tener a sus artistas preferidos a pocos metros de su sillón favorito. Esta revolución cultural generó una necesidad de controlar, administrar y coordinar esfuerzos para que todo el mundo pudiera tener la oportunidad de consumir estos nuevos productos.
Así nacieron grandes monstruos de la industria cultural que aún hoy, fusiones más fusiones menos, siguen existiendo. Concentrados en Estados Unidos y en Europa, los grandes sellos discográficos y estudios de cine comenzaron a reclutar artistas para llenar sus catálogos de historias y canciones más valiosas que una mina de oro, asegurándose así la supremacía en la difusión de esos artistas. Pero como sabemos, en el mundo del arte no sólo existen superestrellas fichadas por una compañía, sino que es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. No sólo ganaban dinero por las obras de sus artistas sino por explotarlas durante casi toda su vida, sin que el creador vea el 100% de lo obtenido por su obra jamás. A esto se lo llama Copyright.
Esto no cambió durante 50 años, así es 50 años de ganar más dinero que una petrolera, un banco o incluso una fábrica de automóviles, además de garantizarse la ganancia futura a través de proteger esos “derechos” del autor. Pero el rápido crecimiento de internet reveló una nueva forma de difundir el arte de la manera más democrática y pluralista que jamás se había conocido antes. Esta revolución global demostró que las posibilidades eran infinitas, que la solidaridad y el espíritu de compartir hacían más fuerte una idea, una canción, un cuadro y nacían comunidades como pasto en un jardín.
Incluso, las grandes corporaciones multimedia aprovechaban este nuevo terreno y aceptaban las reglas del juego ofreciendo pequeñas muestras gratuitas de sus artistas para intentar medir la expectativa que generaban y así decidir con qué estrategia salir al “mercado real”. Y acá aparece el primer gran error que cometieron: Pensar que internet no era un mercado real sino una especie de Focus Group de fanáticos testeadores de sensaciones.
El error de las compañías
Lo que siguió no lo pudieron preveer ni los más grandes estudios de analistas de mercado del mundo. Las grandes compañías, reservadas para sólo unos pocos artistas tocados por la varita mágica, encontrados de manera romántica por un productor solitario que recorre los malolientes bares de los sótanos de los suburbios, o a los artistas prefabricados en un laboratorio, no entendieron que internet era un espacio autorregulado y que controlarlo sería casi como querer matar elefantes a chancletazos.
Entonces decidieron ignorarlo. Así nació un espacio para la libre expresión de millones de artistas ignorados por esas corporaciones y que en muchos, pero muchos casos, a la opinión del usuario de internet, eran brillantes promesas. Pero claro, un ejecutivo puede tener pocas luces y perder el pelo, pero no las mañas. Entonces fue cuando pasaron de recorrer malolientes sótanos a navegar internet desde su oficina y encontrarse con Katies Perrys, Lillis Allens, Justins Biebers, Artics Monkeys y otras miles de gemas perdidas que pasarían a englobar sus poderosos catálogos.
Seamos sinceros, que artista que desea vivir de su pasión, de su don para hacer canciones, películas, libros o cómics no desearía firmar un suculento contrato que le quite de por vida la preocupación de no saber qué comer mañana, incluso, si mañana podrá comer. Esto no los exime de seguir produciendo y difundiendo su arte libremente, pero luego de la firma de un contrato las limitaciones son severas en relación a su anterior espíritu solidario. Incluso, ¿Que culpa podría tener un artista, escritor o director de querer ser exitoso difundiendo su arte a través de internet para que una compañía lo contrate?
El problema de fondo no es el producto ni el consumidor sino la distribución de esos bienes y cupanto se lucra apoyado en un autoderecho (Copyright) para lucrar con esas obras. En este terreno es donde se desarrolla la mayor batalla por el Copyright que defienden las multinacionales y los derechos del autor que son otra cosa distinta, la protección de un esquema de negocios otrora multimillonario y que ahora quieren hacer creer que tambalea y maquillan la causa como “protección de los bienes de un artista y la fuente de trabajo de millones de personas” y una nueva filosofía de compartir libremente, reconozcamos que también un tanto confusa entre quienes comprenden lo que es compartir y los que creen que tienen derecho a ver gratis y sin publicidad su serie favorita pensando que el artista y el productor viven del aire. De algo tienen que vivir, el problema son los vividores que obtienen ganancias en el medio del circuito artista-obra-consumidor.
Compartir es libre, ¿pero es gratis?
Compartir es algo que existe desde que el primer Neanderthal le prestó una lanza a su compañero, considerémoslo un derecho inalterable como la libertad de expresarse. Copiar es otra cosa y piratear otra mucho más distinta. La discusión está centrada en estos temas, ya que estos tres grandes temas, muy diferentes entre sí, para la ley son lo mismo: Violar derechos de autores registrados. El creador de Cuevana, Tomás Escobar dejó muy clara su posición dentro de este debate en una charla que dio en una universidad local:
Jamás en la vida voy a pagar derechos por una película o una serie, yo no creo en eso. Que le reclamen dinero a otros, yo no voy a pagar. Y si me cierran Cuevana, mañana abro otro sitio.
Esta postura no hace más que echar más leña al fuego, de un conflicto donde cada días se hacen más fuertes los defensores del Copyright, en vistas de los alentadores números que muestran cada trimestre los consumos de medios audiovisuales online sobre los de otros medios tradicionales (cine, televisión, radio, etc). La confusión se hace más compleja aún cuando se intentan discriminar los contenidos por parte de los usuarios que los consumen midiendo un supuesto valor intelectual. ¿Un usuario puede definir que es tiene más valor una película de Almodóvar o Tarantino que un programa ómnibus de sábado por la tarde? ¿Es culturalmente más valioso un disco de Bob Dylan que el programa Bailando por un Sueño de Marcelo Tinelli? La industria del entretenimiento no debería discriminar al consumidor por su nivel intelectual así como tampoco los consumidores deberían discriminar ni catalogar a la industria ni a sus productos de acuerdo a lo que es culturalmente apto o no para el consumo, pero esto es otro tema que no viene al debate.
En este contexto y dentro del tema del momento en Twitter, #FuerzaCuevana se leen frases como “Libre circulación de bienes culturales”, “piratería”, “libertad de expresión”, “Telefé, si bajás Cuevana también bajá tus productos de porquería”, incluso, destacados periodistas definen su postura difundiendo mensajes y especulaciones a favor y en contra de la situación. Pero nadie, absolutamente nadie habla del valor de los contenidos que se consumen ni los costos que significa una producción decente ni mucho menos de que tan bueno o malo puede ser para el consumidor si todos tuviéramos la posibilidad de acceder gratuitamente a lo que deseáramos.
¿Pagarías por servicios como Cuevana o Taringa! cuando pagas un abono mensual de cable que usas en un 20% como mucho y en el caso de Argentina no baja de los 30 dólares mensuales? ¿Por qué el usuario se hizo tan reticente a Netflix cuando su valor era realmente inferior al de un abono corporativo hogareño en el que, según muchos usuarios, no hay contenidos de valor para ver? ¿Es la solución para las corporaciones cobrar por ver sus contenidos? ¿Si yo pago un abono por un servicio para ver cine y series no tengo derecho a compartirlo con otros usuarios difundiendo mi clave entre algunos conocidos o estoy cometiendo el mismo “supuesto delito” que Cuevana y Taringa!? Estas preguntas son parte del debate que necesita el tema para profundizar y redefinir un modelo de consumo donde nadie quiere perder terreno.
El vacío legal respecto a la indexación de contenidos para compartir que existe en Argentina y en muchos otros países es también el centro de atención en este momento para lograr fijar posiciones y defender el patrimonio de las corporaciones o la libertad del usuario para elegir qué consume y cómo. ¿Lucha desigual? En absoluto. Las grandes multinacionales del entretenimiento tienen los contenidos más requeridos pero el usuario tiene la libertad de decidir qué ver y cómo, incluso, si lo que le gustó lo desea compartir, ¿quién se lo va a impedir?





CHUPI CHUPI CENSURADO EN CUBI CUBI

Hillary Clinton: “No hay contradicción entre protección de propiedad intelectual y la libertad de expresión”


Los opositores a la desafortunada propuesta legislativa Protect IP en los Estados Unidos, señalaron atinadamente cómo es que el extremismo en la protección de la propiedad intelectual pone en peligro la libertad de expresión.
Empresas como Yahoo de hecho están tan en desacuerdo con el gigante dedicado al lobbying de esta iniciativa — US Chamber of Commerce (un grupo de lobbying privado)—, que este año se han negado a renovar su membresía.
Google afortunadamente también ya considera salir de dicha asociación debido a que su posición pro-SOPA y pro-Protect IP resultaría en reponsabilidades inaceptables para ellos, ya que si no cumplen con las abusivas medidas que piden estas leyes, pueden perder sus puertos seguros.
Pensar que controlar el internet es la única forma de proteger los intereses morales y materiales de las empresas que apoyan Protect IP, como por ejemplo MPAA, RIAA, Viacom, Mastercard, Sony Pictures, Channel, Louis Vuitton, Nintendo, Activision, Disney, Merck, EMI, NBC, Nike, Time Warner, Xerox, Universal Music Group, Warner Music Group y Newscorp (por citar a algunas empresas); no es una idea completamente aceptada en Estados Unidos, de hecho, la oposición crece día a día.
Hoy por hoy los intereses de estos grupos sobrepasan los intereses colectivos del resto de la sociedad debido a que el copyright se parece cada vez más a la censura — y con Protect IP además, todas estas empresas con intereses muy particulares se convertirían en los jueces del Internet.
Mientras el debate subre de tono en torno a Protect IP, la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary R. Clinton, ha emitido una opinión al respecto en la cual asegura que no hay contradicción alguna entre la protección extrema de propiedad intelectual y la libertad de expresión:
El Departamento de Estado esta fuertemente comprometido con que la libertad en el internet y la protección a los derechos de propiedad intelectual en el internet avancen. De hecho, ambas prioridades son consistentes.
No hay contradicción entre la protección de derechos de propiedad intelectual y la protección de la expresión en el Internet
El Internet ofrece una oportunidad tremenda para creadores e inventores, pero esa promesa no se cumplirá al menos que las reglas del copyright y las marcas registradas se apliquen.
La ley es esencial para ambas, la libertad de expresión y la protección de propiedad intelectual, que estan firmemente integradas a la política y la ley de Estados Unidos.
Es un hecho que no todo el mundo, incluyendo a Hillary Clinton, entiende que lo importante es el internet, no el copyright.
Casualmente, la opinión de Clinton fue emitida después de recibir una carta de un representante legislativo, Howard Berman, (ah…su distrito corresponde a Hollywood según The Hill) quien señaló que los opositores al Protect IP mal interpretaron partes de su discurso de Internet Freedom para evidenciar la gran contradicción (yo diría hipocresía) que existe entre libertad de expresión y protección de propiedad intelectual, por lo cual pedía que Clinton aclarará la situación.
No olvidemos que la Sra. Clinton es abogada de profesión, especializada en Propiedad Intelectual y Patentes.. Y entonces… aquí tenemos a la Sra. Clinton asegurando que no existe dicha contradicción, sin embargo no explica en lo absoluto, el por qué no.
Una vez más es evidente por que no hay razón alguna para confíar en los políticos que sirven al uno por ciento, gracias a la doble retórica que caracteriza a los gobiernos en los cuales ya nadie cree.
Para terminar, si estan de humor y quieren conocer las brillantes justificaciones de la Gran Industria para impulsar leyes (Protect IP, SOPA) que simplemente afectarán toda la infraestructura de la red y a sus usuarios a nivel global (a pesar de ser una legislación estadounidense) no se pierdan este video:
Enlace a la carta completa de Hillary Clinton en PDF

agosto 18, 2010

Con los ojos bien cerrados

Primera página de El Nacional
18 de agosto de 2010
Tengo ya como seis años que dejé el reporterismo a un lado por razones fuera de mi voluntad, pero el hecho está que la situación de violencia en mi país ha aumentado y la actitud del estado y del gobierno ante estos hechos sigue siendo la misma.
La total indiferencia de los gobernantes y de aquellos que deberían ser los promotores de políticas de seguridad para la gente ha sido muy cómoda, hasta podría decir que su actitud ha sido hasta irresponsable y despectiva a la realidad que todos estamos viviendo.
No es casualidad que precisamente, antes de las elecciones de Asamblea Nacional, el tema haya sido presisamente la violencia. Tampoco es casual que el documental de los "Guardianes de Chavez", haya levantado polémica dentro de la opinión pública y alborotado el avispero.
Considero, desde mi punto de vista,  que cuando una información como la violencia, tanto social como de estado, es una constante en los medios de comunicación, pierde su impacto por ser sistemática y no poseer la calidad estructural de la sorpresa y el escándalo. Pero este documental, si me lo preguntan, logra sistematizar el problema de la violencia venezolana en todos sus ámbitos, y reune todos esos aspectos que no podemos ver por tenerlos pegados en las narices, y convertirlo en un problema global de muchas aristas que, sin ir más allá de la función de informar, se convierte en una reseña de la violencia venezolana.
Otros detalles como las risas de Izarra, quien fuera el que inventó que RCTV abriera con sucesos en sus años de productor, ante un analísís de un doctor, reconocido investigador de las ciencias sociales, como lo es Roberto Briceño-León. Deja mucho que desear y devela la manera en cómo el gobierno y el estado tiene el tema: en un mal chiste de "pornografía mediática", cuando la calle es más real que lo que los medios pueden mostrar.
Sin embargo, despues de seis años, de los cuales han pasado muchos más del cierre de la Oficina de Prensa del CICPC, de la muerte de Tortoza, de los actos impunes del 11 de abril, de la detención inmoral de los  funcionarios de la Policia Metropolitana y de los Comisarios Ivan Simonovis, Henry Vivas y Lázaro Forero, de los anillos de seguridad de las zonas gobierneras, del Asesinato de Danilo Anderson, sin hablar de los cientos de muertos que hay todos los fines de semana y que al gobierno no le gusta hablar. Pero Existen. Están ahi. Y lástima que pese a que antes cada muerto para el estado era un número, hoy ni siquiera eso vale la muerte de un ciudadano venezolano.
Estoy claro que después de seis años, ese periodismo de sucesos que formó mi conciencia periodistica y mi criterio sobre la vida enteramente, no es ni el ápice del periodismo que aprendimos del brazo de Sandra Guerrero, Felícita Blanco, Gustavo Rodríguez, el Señor Efrén Perez Hernández, o los cuentos de Luna, el Picure o Maria Alejandra Monagas. Ni hablar de las cosas que vieron y vivieron El Compadre, el señor Alex Delgado (fotógrafo que por cierto, es el autor de esa bofetada de realidad que nos mostró El Nacional en estos dias), entre otros tantos reporteros gráficos que hacen de la noticia una ventana a la realidad que vivimos todos los dias.
Hoy hay muchos amigos mios haciendo lo que más nos gusta hacer, informar, oportuna y verazmente, y más allá de ser objetivos, escriben desde la conciencia ciudadana y desde la pasión de ser el generador de un cambio social, que sólo se logra con una sola cosa: con el corazón dispuesto a ver una sociedad justa y libre para todos nosotros. Sé que el periodismo que nos viene no será de libre acceso a las fuentes. Nunca ha sido así si nos ponemos a ver, porque si no, no existirían los periodistas. Pero dentro de aquellas instituciones que conocemos, siempre hay alguien ético que apoya la labor periodística.
Para mi sorpresa, encontré el último video de One Shot, un pana que estudió en la escuela y tocaba con Papashanty Sound System. Realmente, después de verlo, me sentí responsable de lo que está pasando en nuestro país con respecto a la violencia. Creo que depende de nosotros que estos pendejos, que se hacen llamar dirigentes, hagan alguna vaina para resolver este peo tan arrecho que tenemos en el país, en vez de seguir armando viejitos mojoneándolos que son milicianos.
Ahí se los dejo...